01/08/11

Desconexión, un pueblo perdido...



Ya al montarme en el coche siento el olor a naturaleza, ese olor que hace destacar aquel pequeño pueblo de mi infancia, mi adolescencia y espero que de mi juventud. Al atravesar la frontera de una comunidad a otra bajo la ventanilla, para poder gritar que aun estoy más cerca. Y ya el pasar Toledo y ver sus grandes murallas es la señal de que estás desconectando de todo. Después de tanto tiempo corriendo ese camino, te aprendes de memoria los pueblos por los que has de pasar para llegar al destino más perdido que existe. Me encanta llegar a aquel embalse y bajarme para poder saborear el agua que baja de los manantiales desconocidos de aquel lugar.

Y ves esa señal en la que aparece pasando "Pueblo Nuevo del Bullaque ", lees "El Torno". Te hechiza el frescor de los maizales en verano, y sus dos montañas asemejadas a dos senos..." La Morra ". Bajas del coche y según la hora, escuchas el ciego silencio de aquellas calles que aun no son ocupadas por aquellos ancianos que se sientan en esos bancos.

Si tienes la oportunidad de dormir una noche allí, antes de hacerlo sal a su rivera, la rivera de aquel río, donde ves un millar de estrellas pertenecientes a esos parajes, pues nunca verás un cielo así. Con ese recuerdo acuéstate y guarda silencio, y aun así escucharás un búho o una lechuza. Estás rodeado de naturaleza.

Despierta y corre a la churrería donde tus familiares ya se pegan un primer café, como si fuese costumbre. Despierta y obtén tu bicicleta, y vete a explorar entre los caminos de aquel pueblo hacia la nueva presa o aun mejor al " Puente Roto ". Dirígete por el camino del baño, o por la inclinada cuesta, donde podrás ver la iglesia esa bella iglesia restaurada que aunque no sea lo mismo, caracteriza al pequeño pueblo.

La belleza se esconde entre los juncos, entre las piedras de ese río. Sentarse en las piedras y escuchar el correr del agua no tiene descripción, solo puedo describir lo hermoso que es el atardecer desde allí. Sentir el agua fresca, tu pelo mojado y entonces ver la noche caer. Guárdate un cubo con cangrejos, otra costumbre veraniega de aquellos parajes.

Cuando pedaleas en la vuelta a casa hueles, y sientes esa esencia que ningún sitio podrá igualar. Ese frescor. Y si tienes tiempo, pásate a ver a los familiares que en la huerta, recogen los frutos. Y sube esa cuesta que se eleva hasta incluso a veces no poder verla. Pasearte, despacio, sintiendo el espíritu de ese pueblo. Siente la desconexión, nota que estás en un sueño, pero no, no lo estás, simplemente estás en un pueblo de Ciudad Real que guarda la soledad en sus calles. La soledad de una calurosa tarde de verano.


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