25/02/12

No vuelvas tarde.



"Lucharé y haré lo que sea por que no tengas que vivir como yo, hijo mio."

Repudiada, asqueada, dolorida, dañada. ¿Donde quedan tus sentimientos?. No... Solo sientes por tu amante de negro, esa mujer que de puntitos mancha su vestimenta y que quizás no sepas que nombre se le halla puesto a cada uno de esos puntitos, a su constelación. Amante de la noche, y quizás equivocada pero con razón. La cabeza bien alta. No te avergüences de ser blanca o negra, de allí o de allá, con un color de ojos o con otro, gorda o flaca, de ser así o asá, porque aunque puede que no lo creas, sigues siendo una mujer hecha y derecha. Quien imagina que al utilizarse en su lenguaje, está utilizando a una pobre que no tiene con qué dar de comer a su hijo.

Es el momento. Coge tu chaqueta que esconde la vergüenza que para muchos aun te queda. Un beso en la frente de tu hijo que ya duerme, y un silencio desgarrador en el suspiro de ese niño sumido en sueños.

Manantial de anaranjado, si ese que ya conocéis, el río de la carretera naranja baja mientras vas caminando a un punto intermedio de algún polígono industrial. Allí te esperan tus seguidores, esos comidos por la lujuria que necesitan de un cuerpo para satisfacer las necesidades. Algunos ni se conforman con lo que tienen en casa, otros simplemente quieren meterla. Allí encuentras a otras muchas más, algunas mejores y otras peores, que viajan de un polígono a otro buscando dinero. No lo llames amor, no tienen nombre alguno que valor.

Y ya comienza la noche cuando un viejo feo, gordo y con cara de cazador furtivo, encuentra la presa más apetecible en la carretera. Suspiras y piensas en el pan para tu hijo. Después has entrado en el coche y te han bautizado con azotes, insultos, y bailes sin canciones. Piensas otra vez en él. El coche se empaña y ves ese cristal en el que se te refleja la otra vida que podrías llevar en un futuro olvidando ese oscuro pasado. Otra vez, otra y otra vez. Te tocan, te manosean y sigues con la mirada perdida en el cristal, no quieres ni mirarle a la cara. Tus senos son palpados con brutalidad, tu cuerpo es despreciado.

Pasado un tiempo que solo ella ha contado, se abrocha de nuevo todas sus vestimentas y exige el pan para su hijo.

Dinero, comentarios obscenos y una marcha. Un polvo más para él, y una sonrisa para ella que mientras camina, busca paradas de autobús donde perder la mirada e imaginar esa vida en la que si alguna vez sale de noche, su marido, su amor, su amado, su hijo le digan algo como "No vuelvas tarde. Te quiero".

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